Nos cuesta trabajo relacionarnos. Continuamente. Nos cuesta trabajo porque no somos capaces de relacionarnos o, mejor dicho, porque no queremos esforzarnos en relacionarnos. De vez en cuando salen estudios en revistas de divulgación, en pequeños folletos, en los medios… en los que se nos habla, directa o indirectamente, de la soledad en que hemos decidimos vivir, sin que nadie nos obligue. Ejemplos, los hay en abundancia: Videoconsolas y teléfonos móviles que caben en el bolsillo, ordenadores más portátiles, reproductores de música con más capacidad de almacenamiento para más y más canciones… No se trata de ponerse en el lado catastrofista que arrasó a finales de los noventa y principios de esta década de que los juegos de rol crean asesinos en serie y seres antisociales, pero sí de alertar de los detalles con los que, poco a poco, ensanchamos nuestra burbuja mucho después de ahogarnos dentro de ella.
Para nada es nocivo dedicar tiempo a uno mismo; más bien, es completamente necesario: Tiempo a aprender y a estudiar; tiempo a divertirse; tiempo a relajarse, a no pensar en nada… y tiempo a pensar, a dedicarse a algo más tras los libros de texto, el trabajo o las complicaciones que surgen en el día a día. Todo radica, únicamente, en ser disciplinado con uno mismo, en saber (o, en el peor de los casos, suponer) cuándo es conveniente estudiar, cuándo divertirse y cuándo pararse. Sin embargo, y sin caer en la cuenta de si es un proceso presente en nuestra historia o un suceso que va enraizándose desde algún tiempo, cada uno de nosotros se organiza la vida casi con exclusividad según sus preferencias. Hemos optado por una supuesta libertad de acción, por un “hagamos lo que nos dé la gana” que funciona bastante bien cuando, en consecuencia, nos acarrea un sentimiento muy próximo al de felicidad. Una consecuencia que me recuerda bastante al ánimo del aficionado futbolero medio: Si gana mi equipo, hemos ganado; si pierde, han perdido. Cuando actuamos según lo que nos da la gana, sin contar con ello, también los demás pueden actuar según les venga. Si no, ¿por qué si un peatón cruza el paso de cebra con el muñeco rojo no puede hacerlo el conductor con el semáforo así? Si nos saltamos las normas de convivencia, ¿por qué exigírselas al resto?
Esta idea suele conducir a dos alternativas opuestas: Orden y desorden. Lo más fácil es dejarse llevar por el ímpetu que tanto nos caracteriza: Intentar ser el primero en todo para acumular el máximo éxito posible, buscar los medios que nos desinhiban para el máximo disfrute, desconectar de nuestro alrededor para encerrarnos en la burbuja… En definitiva, imponer el orden propio sobre la vida del resto. El problema no radica en la existencia de un único narcisista a lo largo de nuestra comunidad. El problema, como en tantas ocasiones, se halla en la costumbre, en la norma no escrita. De la misma forma que hemos considerado que sorber la sopa es de persona zafia, hemos concluido que aquél que se esfuerza en que -aunque tan sólo a ese nivel- su círculo de amistades vaya por completo hacia delante es un tonto de capirote.
El sentimiento de pertenencia a un grupo -bien a un colectivo político, a una hermandad cofrade, a una peña deportiva, a un simple grupo de colegas o incluso a la propia familia- ha dejado de ser una herramienta de colaboración entre sus componentes para sacar un objetivo adelante, sin contar con el factor humano, a ser visto como un sacrificio, en la más tribal de sus acepciones, de la libertad del individuo. Formar parte de una pequeña sociedad nos impide seguir haciendo lo que se nos pase por la mente, debe ser sometido a la criba del grupo, al grado de pertinencia, a las posibilidades ciertas… en fin, a la crítica. Por ello, antes de ver si mi idea se puede llevar a la práctica, si en el largo plazo se ha de prescindir de ella, prefiero insultar al desgraciado que está echando mis ilusiones abajo y que me está tomando por idiota. De ahí la difamación de la colectividad, aunque esto no quiere decir que todos los grupos sean libres de tirar la primera piedra. También este sentimiento hace mella en algunos grupos, que, día a día, se encierran en sus propios sentimientos y, ante la mínima duda sobre su labor, ponen el grito en el cielo y expulsan a sus disconformes, caiga quien caiga. La crítica y la discusión, tras perder significado, se convierten en algo ideal para poder tirarle los trastos a la cabeza al enemigo, cada vez en más frentes de batalla que no se habrían abierto si se hubiera optado por un poco más de calma y diálogo antes de acordarse de la familia del de enfrente.
Y, claro, puestos a no caer en sectarismos y difusas realidades, decidimos inventarnos una personalidad que nos distinga de la masa. Una personalidad que, cuando pienso en casos particulares, se basa en detalles que sólo son distinguibles ante el reflejo de una tarjeta de crédito: Una marca, un complemento, un peinado. Ahí están las tribus urbanas, dispuestas a acoger en su seno a quien vista de negro, a quien le cuelgue la mayor de las cadenas o a quien vista el polo con la insignia más cara de la tienda. Tribus donde el mayor de los compromisos puede irse al garete tras una noche desinhibida o tras un pique entre sus componentes por, un ejemplo común, cierta elección de una persona del sexo opuesto, algo que se habría evitado si, en vez de guardar para sí los sentimientos, los contendientes confiaran más el uno en el otro y supieran lo que piensan. En definitiva, si la relación entre ambos (en caso de ser amistosa) se hubiese basado en el esfuerzo por conocerse y no en las impresiones que dan esos actos que hacemos porque nos da la gana.
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Escribí esta entrada para un proyecto fallido de revista hace año y medio. Al final, va a servir de algo el esfuerzo.