“A mí, lo que no me gusta de esta gente es que sólo se lían a insultar a los otros”
Pues sí. La gente en la calle se queja de que los políticos están montando un teatrillo cada vez que hay un mitin. Un teatrillo en el que sólo caben, físicamente, los buenos; en el que se menta a los demás como los malos y en el que el público, además de aplaudir, agita las banderolas.
Ayer me planté en el de inicio de Izquierda Unida en Andalucía. Se trataba de un encuentro con sindicalistas que, más que por dar argumentos, pretendía levantar el ánimo de los asistentes. Palabras claras salpicadas de lenguaje directo y falta de retóricas barrocas. Aunque ya he escuchado a Cayo Lara alguna vez en la televisión, me sorprendió su manera de modular, incapaz de dormirte en el laberinto de otros discursos. Todo lo contrario que el de Diego Valderas, con palabras vacías como el desierto, con infinitos “conjuntos” de trabajadores y con expresiones manidas hasta la saciedad. Me atrevo a decir que más nos valdría cambiar de portavoz en el Hospital de las Cinco Llagas. Manuel Pastrana estuvo claro y correcto, aunque se limitó a dar motivos para excusar su “¡Yo voy!”, mientras que Francisco Carbonero estuvo francamente aburrido: Quizá muchos conozcan su estilo y estén de acuerdo con él, pero su voz alicaída durmió a más de uno.
Precisamente mientras hablaba Carbonero en nombre de la UGT, una amiga mía me contaba sus incertidumbres acerca de la huelga y, sobre todo, de la conferencia: Esos mismos temores –que, en su caso, pasaban más por el desánimo que por la indiferencia- sobre el teatrillo y los puestos de cada ponente. Ella, que había acudido por primera vez a un encuentro de este estilo, estaba bastante perdida en nombres, en términos y en otras mil cosas, pero hizo más esfuerzo que nadie chupándose media Granada, impracticable con las obras del tranvía (del que ya hablaré con tranquilidad). Con esos gestos de curiosidad y de cercanía a las palabras de estos pesos pesados, la impaciencia por no quedarse decepcionada la comía por dentro. Bendito el que situó a Cayo al final del acto, cuando me miró con esa sonrisa de satisfacción que apoyaba su “Este tío te motiva”. Y no se notaba motivada por las palabras de ese tío, sino por lo que sus ideas suponían, por no sólo cagarse en los muertos del Presidente o de la patronal, sino por además proponer medidas para los trabajadores.
Estoy hecho a tragarme los informativos de la tres, hechos al milímetro para regalar minutos al Partido Popular, y por malas o nefastas que sean las noticias, pocas son las veces que se escuchan esas otras propuestas que van a salvar España de las garras del psoeismo. Indiferentemente de que muevan la boca para las elites empresariales, indiferentemente del conservadurismo e hipocresía de su política moral, indiferentemente de su concepto ‘digital’ de democracia, lo que uno espera de un partido con altas posibilidades de colocar a un presidente en la Moncloa en pocos meses son alternativas de gobierno, no un programa electoral de antimedidas que siga el tirón de las medidas de gobierno anterior, con el disimulo necesario –o no, que la memoria es débil– para que parezca completamente opuesto. “¡Vótame y ya veremos qué pasa!”, parecen decir, “¡Si somos los menos malos de los dos!”
Dejándose aprovechar de esa amnesia colectiva, nada más ausente a la hora de recordar posturas guerracivilistas, vive asentado este país conformista. Nos queda la curiosidad, clave para esas ideas que se proponen mejorar este futuro que cada día está más cerca.