Los apuntes de la calle

Hoy | 10/06/2010

Dice la gente de la calle que, para el día que empiece a trabajar, empiece a buscar colegas en la facultad, que gracias a ellos, voy a encontrar los buenos trabajos. Por buenos, con sonrisa malévola, siempre entiendo los que van a aumentar los ceros de la cuenta corriente. Al fin y al cabo, los técnicos somos gente poderosa, estamos dispuestos a salvar a los pobres mortales a cambio de un irrisorio sueldo de cuatro o más cifras mensuales, céntimos aparte. Y somos nosotros, los técnicos, los únicos que podemos quejarnos ante alcaldes, concejales y demás peces gordos de la administración local. Sin contar con que tengamos un gran colega -incluso amigo- en la Administración, bien regional, bien en los ministerios.

Nosotros, los que aspiremos a uno de esos grandes puestos, nos convertiremos en una pequeña parte de esa elite enchaquetada, con coche de alta gama, piso pagado al contado y chalé en la playa o en la sierra, según la provincia en que nos toque trabajar. Al fin y al cabo, seremos uno de esos funcionarios, magnífica clase media dispuesta a codearse (o a usar los codos para abrirse paso) con políticos, grandes empresarios y famosos de alcurnia a la vez que con currelas, marujas y otros despojos del vulgo.

¿Hoy? Hoy no somos más que soñadores de esos que se relamen en vistas de un futuro de rosas en que ningún jefe nos puteará, porque nosotros seremos los amos; en que nadie nos podrá achacar nuestros errores, porque siempre habrá un aparejador pringao o un obrero inútil al que le toque chuparse las cagadas de nuestros proyectos; en que nuestras deudas se esfumarán como el ron añejo de las copas de nuestras fastuosas comidas de negocios. Y, como Florentinos, viviremos una vida vacía que ocuparemos con partidas de golf y ruedas de prensa multitudinarias con periodistillos deseosos de contar nuestra última gran compra.

No. ¡NO! Hoy somos estudiantes, más o menos fulanitos de copas, con unas aspiraciones muy concretas más allá de nuestras propias carreras -que no es poco salir decentemente aprobados-, menos aún cuando dependemos de un dinero que nadie nos regala (Becas que quieren convertirse en préstamos -como si estudiar fuera un placer- o sueldos en trabajos que roban tiempo al estudio o al sueño). Hoy vivimos rodeados de colegas con los que charlar o discutir, que no siempre tenemos que embadurnarnos de buenrollismo para relacionarnos con los otros: Hay gente que nos puede caer abiertamente mal; no hay necesidad de morderse la lengua si se sabe ser franco.

Por eso, cuando uno se acerca a las manifestaciones con la vaga esperanza de cambiar el mundo, uno no está pensando que los funcionarios están jodidos: Uno piensa que, si están jodiendo a los funcionarios, es porque no les queda nadie nuevo a quien joder y que, de aquí a poco, volverán al principio: A los señores currelas, a las señoras marujas y a los restantes despojos del vulgo; a esos despojos entre los que estamos los hijos de los currelas y las marujas, los que estamos dejándonos los cuernos en un futuro en el que, en lugar de vivir como los ricachones que nunca seremos, algunos pensamos en vivir al servicio de los demás, rodeados de los ciudadanos a los que vamos a abrir una zanja para conectarles las tuberías del agua, de la luz o del internet; a los que vamos a cortar una calle para que, en lugar de tomar el coche mañana, se monten en un cercanías o en un tranvía para que, unos meses más tarde, los atascos caigan en picado junto con el dióxido de carbono del aire que respiran, que respiramos; a los que, en lugar de construir la enésima promoción de fantásticas viviendas con 1, 2 y 3 dormitorios en el solar de enfrente, les decidamos plantar una biblioteca para que puedan disponer de los dedos de frente y la capacidad crítica que, hoy, les han tirado al fondo del cajón.

He ahí el motivo de por qué quiero una huelga general. No somos individuos separados, no somos burros de zanahoria, no somos sonámbulos perennes. Somos ciudadanos. Todos. Hoy.

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