Dice la gente en la calle que no merece la pena hacer huelga de funcionarios, que la huelga ha de ser general. Que los funcionarios son unos señoritos que ni siquiera van a perder el puesto de trabajo y que no se han movido cuando a otros curritos les ha dado por ponerse tras una pancarta, así que ahora, o todos o ninguno.
La sensación en el ambiente, muy lejos de parecer de molestia, deja un tufo de conformidad que asusta. Volvemos a lo de siempre: «Ya están chupando del frasco», «estos son unos patanes», «en las próximas no voto». Salvo en los corrillos de izquierda, no se escucha el «Hace falta ya una huelga general». Es como si a todo el mundo se le hubiera olvidado la huelga de hace diez años.
Si no nos acordamos de entonces y cada vez que ponemos la televisión nos muestran el morbo de los porrazos y las brechas, ¿para qué nos movemos? Aunque… ¿de verdad sólo hay porrazos y brechas? ¿De verdad no se consigue nada? ¿De verdad, usando el ejemplo de Grecia, que no están consiguiendo algo pequeñito?